La violencia humana no nos causa perplejidad, pues es un hecho verificado a lo largo de la historia que el ser humano es violento. Pero sí es fuente de preocupación y perplejidad que la violencia se predique de Dios, que se pueda hablar de un Dios violento, esto es, un Dios guerrero, airado, celoso, vengativo, punitivo. Así se nos presenta el Dios del Antiguo Testamento. Pero por otro lado, aparece también como un Dios de la paz, misericordioso, que rechaza el camino de la violencia como medio para implantar la justicia y la paz. Este doble rostro de Dios constituye la gran ambigüedad de la Escritura.






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